Una madre lucha para salvar la vida de su hija

El 28 de diciembre de 1994, cuando el año se iba, llegaba María Verónica Rodríguez Figueroa, una bebé que pesó 3.20 kilogramos y nació en Montevideo. Su madre, Cristina Figueroa, aún recuerda el día en que le realizaron la ecografía estructural. Lo contenta que estaba ella y su marido con las palabras de los médicos. La felicitaron y le dijeron: “Es una bebe hermosa”.

El 31 de diciembre, la ginecóloga decidió darle el alta a Cristina porque, si bien le habían hecho una cesárea, su cuerpo se había recuperado bien. “Te vas tranquila a pasar las fiestas con tu familia”, le indicó. Pero la historia cambió cuando la pediatra le realizó el chequeo de rutina a Verónica.

Cristina vio que la doctora ponía el estereoscopio en la espalda de la beba en reiteradas ocasiones y escuchaba con atención. Ya nerviosa le preguntó qué era lo que pasaba y esta le respondió que tenía un soplo. Desde ese entonces, hace más de 23 años, ella y su hija saben lo que significa luchar.

Ese mismo día, Verónica quedó internada en el CTI del Hospital Italiano. Y Cristina todavía se quiebra al contar cómo vivió el desapego de su hija a días de nacida. Lloró durante toda la primera noche en la escalera negra del hospital, junto a su esposo.

Verónica nació con una cardiopatía congénita “muy severa”, no se le formó la arteria pulmonar, tiene una comunicación interventricular y estenosis múltiples; técnicamente la enfermedad que sufre se denomina Artesia pulmonar + civ + mmapcas. “Todo esto, se relaciona con la parte circulatoria, con los pulmones y el corazón. La deformación que tiene Verónica corresponde más a los pulmones, pero influye indirectamente en el corazón”, explicó Cristina.

Las cardiopatías congénitas son una de las primeras causas de muerte neonatal en Uruguay, según los datos publicados por la Fundación Corazoncitos. Cerca de 450 niños nacen cada año con una malformación del corazón o de los grandes vasos sanguíneos graves. La mayoría de los cuales requieren de cirugías antes del primer año de vida.

Con solo dos años, Verónica ya había sido operada cuatro veces en Uruguay; la primera vez con cuatro meses. A Cristina no le quedó otra que hacerse fuerte para sobrellevar el sufrimiento de su hija, que en ese entonces por su edad, no era consciente de la enfermedad que padecía, llegó a estar cuatro meses internada con ella.

A pesar de todo esto, transcurridos los años, Verónica vivió su niñez “casi de forma normal con algunas limitaciones pero sin problemas”, contó su madre. Siempre tomando su medicación, anticoagulantes, fármacos para el corazón, diuréticos y potasio. A su vez, con tratamientos y con visita a sus médicos tratantes cada seis meses.

En el invierno, Cristina debió cuidarla mucho del frío porque era propensa a tener neumonía. También, rememoró que cuando era niña a Verónica le apasionaba el ballet y le pidió si podía ir a aprender a una academia. Pero por su enfermedad, su cardiólogo le explicó que no era conveniente. En general, no pudo realizar actividad física. Pero por fuera de esto, cursó la escuela y el liceo como lo hacen todos los demás.

En 2014, ya le habían hecho 17 cateterismos. Cuando tenía 20 años y estaba cursando la Universidad, Verónica empezó a perder calidad de vida rápidamente. Las arritmias y el cansancio eran frecuentes. No podía subir escaleras, lo tenía que hacer a upa de una persona, tampoco podía caminar tres cuadras.

Ante esta situación, Cristina preocupada por la situación que vivía su hija, pidió que se realizara una junta médica en el Instituto de Cardiología Infantil (ICI) para saber qué solución podían encontrar para salvar la vida de su hija. Los especialistas determinaron que necesitaban “dilatarle las arterias pulmonares con balones –catéteres– de alta presión”, que en Uruguay no existen y se deben comprar en el exterior, manifestó. A su vez, debían intervenirla para cambiarle las válvulas que las tenía calcificadas y, por ello, apenas podía caminar.

Los médicos tratantes de Verónica, hicieron los trámites en Fondo Nacional de Recursos para poder comprar los balones de alta presión que necesitaba, unos cinco o seis, pero el organismo se negó a pagarlos. La desesperación por salvarle la vida a su hija invadió a Cristina y consultó qué más se podía hacer. Fue allí que el cardiólogo Pedro Duhagon le planteó la posibilidad de ir al exterior.

Según Cristina, no es muy frecuente que los médicos manifiesten esta posibilidad porque “se ponen en el lugar de los padres que, muchas veces, no tienen los recursos para pagar los tratamientos”. Para ella fue difícil porque no tenía el dinero. “Ves la imposibilidad y decís ‘mi hija depende de tanta cantidad de dinero para que esté viva ‘”.

Sin dubitar, Duhagon les indicó que la mejor opción era que la operaran en Estados Unidos, en el Boston Children Hospital. Pero primero este debió mandar una carta consultando si efectivamente podían realizar la intervención que necesitaba Verónica. Los días que transcurrieron sin recibir respuestas fueron de mucha angustia y tensión en la familia. Finalmente, el 21 de diciembre de 2015 desde el hemisferio norte, respondieron que sí podían primero hacerle el cateterismo y luego la operación.

Cristina le dijo al cardiólogo: “si hay posibilidad de vida, aunque sea de un 1% yo la voy a seguir luchando”. Todo el tratamiento tenía un costo de 112.000 dólares, que no estaban dentro de las posibilidades de la familia, sin contar el pasaje, el alojamiento y la alimentación.

“Siempre vamos a estar agradecidos de todos los esfuerzos que hizo la población para que Verónica pueda tener vida el día de hoy. Se lo debo a Dios porque yo soy muy creyente, a los médicos y a la población del Uruguay y parte del extranjero que colaboró”, expresó Cristina.

Finalmente, Verónica viajó con su mamá y su padrastro en mayo de 2016. El 19 le realizaron un cateterismo “muy grande” en Boston que duró cuatro horas y el 23 la operaron. Cristina, se quebró otra vez, al contar que después de cinco horas la avisaron que la intervención había sido exitosa.

Los médicos le explicaron que Verónica “estaba para reventar”, que tenía la presión del ventrículo derecho a más del triple de lo que la tiene una persona sana. Y que si bien la operación había salido bien, debía regresar a Bostón en seis meses porque pretendían nivelarle la presión a 50 mmHg (miligramos en mercurio) pero por los riesgos que existieron habían logrado bajársela a 68 mmHg.

Verónica debía viajar nuevamente a Estados Unidos en octubre de 2017, pero hasta el momento no ha podido conseguir el dinero para hacerlo. “Ayer tendríamos que haber ido”, sostuvo preocupada Cristina, que sabe que el tiempo les juega en contra. El año pasado Verónica se preocupó mucho a raíz de problemas personales, entre ellos, el fallecimiento de su abuela y le subió la presión del ventrículo derecho. En mayo de este año, la presión ya la tenía en 85 mmHg.

Su madre reza para que la presión se mantenga en ese nivel hasta que puedan conseguir 60.000 dólares, que es el costo total del viaje, incluido el tratamiento -cateterismo con balones de alta presión-. Para ello, iniciaron una nueva campaña que llamaron “Necesito tu ayuda para seguir viviendo”.

A pesar de todas las piedras que se han cruzado en el camino de Verónica, su madre la describió como una joven que siempre está con una sonrisa, “se le marcan los pocitos en los cachetes”, comentó. Actualmente, con 23 años, se encuentra cursando el tercer año de la carrera de Bibliotecología, en la Facultad de Información y Comunicación (FIC).

“Verónica está bien, está estudiando, va a clase, se reúne con sus amigas, hace una vida sana con la medicación correspondiente, se tiene que cuidar mucho del frío porque queda cianótica”, contó Cristina.

A veces Verónica le pregunta a Cristina: “¿Por qué a mí?”. Ella le contesta: “Es la mochila con la que tenemos que cargar, no podemos bajar los brazos”. Sabe que su hija está cansada psicológicamente, que se le cae el pelo y tiene manchas en la piel del estrés, pero también es consciente de que siempre hay situaciones peores. “Hay que seguir luchando, uno no se puede entregar en el primer desafío que le presenta la vida”, concluyó.

Fuente: Ecos Uy

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