¿Qué es el torture porn, el género que está espantando a los seguidores de The Handmaid’s Tale»?

Todos aplaudieron a The Handmaid’s Tale. Los críticos, los espectadores, los analistas de la coyuntura internacional, las y los feministas, los que entregan los premios, los seguidores de Margaret Atwood. Todos reconocieron que los 10 episodios de esta serie original de la plataforma Hulu eran algo único y constituían, en su totalidad, una de las mejores producciones televisivas de los últimos años. Era cruda, valiente, terroríficamente contemporánea y política en una época donde las ficciones son aplaudidas por ello. Por eso, y a contramano de un material de base finito y que se había consumido en su totalidad en la primera temporada, los productores de la serie decidieron seguir adelante. Y ya que iban a redoblar la apuesta con más de ese paquete cargado de crudeza distópica que tan bien les había funcionado, ¿por qué no sumar un poquito más de violencia, un poquitito más de sadismo? Las 10 horas emitidas demostraban que sus espectadores tenían estómago para aguantar. Entonces, ¿por qué no darles más? Para ellos, el público lo estaba pidiendo sin pedirlo.



Pero se equivocaron. Aquellos estómagos fieles que habían aguantado violaciones, asesinatos y todo tipo de sadismo televisivo dijeron que no. Que todo tiene un límite. ¿Por qué había que aguantar tanta tortura en pantalla? De repente, una serie que había sido cosida a la bandera del feminismo con orgullo, empezó a ser tachada de misógina. Y no por saboteadores encubiertos, sino por mujeres feministas que un año atrás habían aplaudido los logros y las reivindicaciones que la serie había hecho en pantalla.

«¿Cómo exactamente estoy participando en una revolución de mujeres sentándome en mi cómoda cama y consumiendo esto?», escribió, por ejemplo, la periodista Lisa Miller, del sitio The Cut. «La violencia contra las mujeres en esta temporada es indulgente y busca satisfacer como respuesta física y visceral en esta conversión de The Handmaid’s Tale, que ha pasado de ser un show de terror feminista a entretenimiento misógino de lo más convencional».

En medio de expresiones de rechazo similares –que no son unánimes, claro está– apareció un rótulo distinto: que la serie había adoptado elementos del torture porn. Traducido –seguro cualquier lector puede adivinar– significa «porno de tortura». ¿Cuánto tiene que ver este término con la segunda temporada de The Handmaid’s Tale? Es discutible. Algunas críticas dicen que mucho. Otras que casi nada. Pero aparecer, apareció. Y se convirtió en un argumento más para quienes han manifestado que The Handmaid’s Tale ya se pasó de rosca.

«¿Es feminista ver a mujeres ser esclavizadas, degradadas, golpeadas, amputadas y violadas?» – Lisa Miller, crítica del sitio The Cut


Salpicame que me gusta
No. No lo haga. No busque torture porn en la web. Manténgase alejado de Google. Si lo hace, encontrará imágenes que pueden perseguirlo por mucho tiempo. Si la perversión humana tiene un límite, este género puede ocupar algunos de los primeros lugares. No es necesario explicar demasiado qué se podría llegar a encontrar en las profundidades de la web cuando se ingresan estas dos palabras. Limítese a imaginarlo. Y olvídelo rápido.

Sin embargo, la relación con The Handmaid’s Tale y el foco de esta nota no está puesto en las ramificaciones más pornográficas de la tortura y las mentes enfermas que encuentran placer sexual en esos actos repudiables, sino en su veta cinematográfica. En su veta artística, si se quiere llamarlo de alguna manera.

El porno de tortura, en la ficción, tiene poco recorrido. Poco menos de 15 años. Y no surgió por generación espontánea. Sus raíces están enterradas en el cine gore, un subgénero del terror que explota la debilidad del cuerpo humano para centrarse en la violencia más gráfica y visceral. ¿La primera película del uruguayo Fede Álvarez en Hollywood, Posesión infernal? Eso es cine gore.



Como buen subgénero, el gore se dividió en más compartimentos, generando el espacio ideal para la aparición del torture porn como manifestación audiovisual. Este toma, entonces, ese gusto por salpicar a los espectadores con sangre y vísceras, al mismo tiempo que agrega más sadismo y un toque turbio de sexualidad.

La primera película catalogada oficialmente bajo este nombre fue Hostel (2005) de Eli Roth. En ella, dos amigotes yanquis se van de vacaciones a Europa del este a buscar sexo fácil, y terminan prisioneros en un hostel plagado de torturadores sádicos. La película –que es bastante bizarra y tiene escenas que terminan dando risa– inauguró este microgénero, que tuvo como máximo exponente a la franquicia de El juego del miedo, que hasta el momento lleva ocho entregas.

El villano Jigsaw es hoy, gracias a la fama que adquirieron estas películas, un ícono de este tipo de realizaciones donde los personajes se resbalan en su propia sangre. Otras obras ¿cumbres? son El ciempiés humano (2009), Escupiré sobre tu tumba (2010) y A Serbian Film (2010). Esta última es tan vil y gráfica que está prohibida en varios países del mundo. No vale la pena ni mencionar el porqué de la proscripción.




Es normal que uno se pregunte cómo se puede destinar tanto dinero a este tipo de realizaciones. Y la verdad es que el público está. Y el público paga. En general, el torture porn cinematográfico se hace con muy poco dinero y termina recaudando un montón. Un montón de verdad. No es casualidad que El juego del miedo tenga ocho entregas.

También es normal que, como pasa con la violencia de The Handmaid’s Tale, el torture porn tenga varios detractores. Hostel –que también terminó siendo una saga– fue censurada en varios países. El juego del miedo alcanzó el difuso carácter de «obra de culto», pero fue repudiada por la crítica mundial debido a –entre otras fallas– su violencia gráfica. Asimismo, varios afiches de estas películas fueron retirados tras numerosas quejas durante la etapa de promoción.

En 2007, en pleno auge de estas realizaciones y cuando todavía no se había embarcado en el proyecto Marvel, el director Joss Whedon criticó al género con dureza. «No solo es un signo literal del colapso de la humanidad de las personas, es parte de un ciclo de violencia y misoginia que se roba algo de las personas que presencian esas producciones».

Lo cierto es que Whedon da en el clavo. Un poco de humanidad se pierde cuando en pantalla se ven actos tan atroces que es imposible describirlos en una nota como esta.

Sin embargo, hay defensores. Eli Roth se ha quejado de los golpes que se llevaron sus películas diciendo que los críticos son un grupo de viejos que quieren encasillar el terror bajo una sola categoría y coartar sus distintas expresiones. El escritor Stephen King, mientras, apoyó al género en el debate diciendo que si incomoda está bien, porque para él el arte tiene que incomodar.

Si ese es el objetivo, se cumplió. Las reacciones a la actual temporada de The Handmaid’s Tale lo prueban. El estómago de sus espectadores no está aguantando. Su crudeza terminó desempolvando un rótulo casi abandonado por el entretenimiento más comercial, abocado hoy a oscuridades más digeribles. Quién sabe qué rumbo tomarán los showrunners de la serie hasta que estrenen la tercera entrega. Quizá el sadismo sea menor. O quizá la apuesta, al final, termine por funcionar a pesar de las críticas y el horizonte sea todavía más tortuoso. En el sentido más literal de la palabra.

Fuente: El Observador

Comenta