Punguistas: una especie en extinción que supo tener escuelas del delito

No son rapiñeros, ni descuidistas, ni arrebatadores. Son punguistas, raza de ladrones que sobrevive a duras penas y a la cual los rectángulos de plástico que sustituyen al dinero, y las nuevas y más violentas formas del delito, está empujando a una extinción que nadie lamentará.




La cartera de la dama y el bolsillo del caballero, o viceversa, son los destinatarios principales de las manos de estos ladrones que, no mucho tiempo atrás, tenían sus propias escuelas clandestinas en donde se les enseñaba a sacar delicadamente los elementos ajenos sin que el damnificado se diera cuenta.

Para perfeccionar esa sensibilidad táctil usaban, a manera de víctimas inertes, maniquíes con pequeños bolsillos a los que se les colgaban decenas de cascabeles. El que lograba sacarle la billetera al muñeco sin que sonará ningún rintintín, estaba listo pasa salir a las calles a cumplir la ilegal faena. Pero ahora los punguistas están en plena fuga.

El jefe del programa Bus Seguro de la Jefatura de Policía de Montevideo, comisario Gerardo Olariaga, dijo a El Observador que, pese a que aún no han emprendido la retirada total, los pungas ya no meten mano como antes.”Hay que tener cuidado y no llevar celulares ni billeteras en el bolsillo de atrás, ni portar cosas de valor en la cartera. Pero es cierto que los punguistas forman parte de una escuela antigua que exigía de una habilidad y de una práctica que ya casi no se usa. Lo que nosotros conocemos como ‘punga’ es de otro contexto social y cultural; hoy la mayor parte de la delincuencia sale de un contexto crítico y se dedica más que nada a la rapiña. El delito ha mutado, ahora el delincuente es otro, y le resulta más fácil amenazar con una pistola o con un cuchillo. Quiere todo ya y fácil”, sostiene Olariaga.



En el programa Bus Seguro de la Jefatura de Policía de Montevideo trabajan unos 40 policías que, uniformados o vestidos de civil, vigilan los ómnibus que recorren zonas de la periferia de la capital. Con este programa, en el que colaboran las empresas de transporte, subió el número de rapiñas aclaradas en 2017 con relación al año anterior..

En la actual maraña de arrebatos, rapiñas y hurtos, la destreza del punguista pasa desapercibida para las personas que la padecen y se diluye en las cifras totales del delito.
Olariaga dice que la gente no denuncia esos eventos desafortunados porque, en ocasiones, se da cuenta de que la punguearon cuando llega a la casa y, muchas veces, no sabe si la robaron – a menos que le hayan cortado la cartera- o si perdió sus cosas en la calle. “Cuando hay denuncias es muy difícil de trabajarlas porque las cámaras de seguridad no llegan a todos los rincones del ómnibus. El punga suele actuar con el ómnibus lleno y por tanto es difícil detectar la maniobra”, señala el comisario.

Estrategias
En la época en que el punguismo era frecuente, los choferes o guardas de ómnibus conocían de sobra el rostro de estos delincuentes y, cuando los detectaban, solían avisar a los pasajeros haciendo chocar una monedita contra el aluminio o con un tímido “atención, pasando atrás que hay lugar…” aunque no lo hubiera.

Los punguistas acostumbraban a trabajar (el verbo es exagerado) en pareja: uno de ellos distraía o interrumpía el paso, y el otro usaba sus hábiles dedos.
Sobre los pocos punguistas que quedan en la vuelta, el peso de la Justicia es escaso ya que suelen ser hábiles declarantes y su delito no deja de ser un hurto sin violencia y por un escaso valor.




Ahora, los choferes y los guardas perdieron de vista a estos viejos conocidos. “El punguista es una especie en extinción”, dice a El Observador uno de los responsables del área de seguridad del sindicato del transporte (Unott), Cristian Feijóo.

El sindicalista observa que, entre otras cosas, a ese oficio ilegal lo está matando la bancarización. “La gente anda con las tarjetas de débito, de crédito y con la STM. En muy poco tiempo se puede denunciar el robo (de los plásticos) y quedan desactivados. Ya casi no hay plata para robar arriba de los ómnibus”, explica Feijóo.

Fuentes policiales recordaron que, hace años, existían escuelas de punguistas en varios países de latinoamérica, especialmente en Chile.
Las técnicas aplicadas tras el egreso de los alumnos eran variadas: había quienes tiraban una billetera vacía al piso para que aquel que se agachara dejara el bolsillo de atrás a merced de sus dedos; otros armaban la denominada “gran vomitona”, escena en la que uno de los integrante de la banda vomitaba arriba de un ómnibus, generando asco y desconcierto a su alrededor, mientras que sus cómplices aprovechaban la distracción para acometer sutilmente contra los pasajeros.

Recientemente, una policía de civil que cumplía funciones para el programa Bus Seguro perdió su celular a manos de un punguista que, más desinformado que valeroso, hizo un tajo en la cartera de la funcionaria que, más alerta del entorno que de sí misma, no se dio cuenta de nada hasta que ya era tarde.
La palabra “punguista” forma parte del lunfardo del Río de la Plata y, según parece, proviene de la jerga del sur de Italia en donde se le decía “punga” al bolsillo.

Fuente: El Observador

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