La mujer que pasó hambre en el Borro y hoy es la mejor maestra de Cataluña

No tenían nada de comer. Vivían los tres hermanos solos, eran chicos, muy chicos. Albana y su hermano tuvieron una idea. Tomaron un ladrillo y con el destornillador abrieron una canaleta en la superficie de ladrillo, allí colocaron el rulo de una resistencia y lo enchufaron a la corriente. “Ya teníamos fuego”. Luego llenaron una olla con agua y la colocaron encima del improvisado calentador. “Lo único que encontramos fue una cabeza de ajo”, recuerda. Y la echaron a la olla, luego agregaron sal y se la pasaron viendo cómo flotaba y flotaba la solitaria cabeza de ajo en el agua bullente. “Yo ahora miro hacia atrás y digo, éramos la imagen de la desgracia”, dice con una enorme sonrisa.

“Esa noche paliamos el hambre, esa noche nos fuimos a dormir con algo en el estómago”, termina Albana Sanz (48) cuando rememora su infancia. Tres niños abandonados en una de las casitas de Los Palomares del barrio Borro.

Carmen Albana Sanz, en el barrio y en su familia la llaman por su segundo nombre, es maestra en educación primaria pero ha cursado dos maestrías en educación emocional. Desde hace quince años reside y trabaja en Barcelona con una actuación destacada: en 2017 recibió el premio de Maestra del Año en Cataluña otorgado por la Fundación Jordi Sierra i Fabra. Y ahora “volvió al barrio” para ayudar a los maestros a aplicar los programas de educación emocional en los que confía para actuar en las escuelas de contexto crítico.

Albana tiene una sonrisa luminosa que apenas se nubla cuando recuerda alguno de aquellos momentos duros. Pero ni siquiera esos momentos la ensombrecen demasiado tiempo. De inmediato cuenta qué hicieron para superarlo, cómo pasó después de esa noche que pasaron solos y muertos de hambre.

“Entonces con mi hermano tomamos un cajón, le pusimos un palo, buscamos unos rulemanes e hicimos un carro”, dice. Y con ese carrito improvisado se fueron desde Aparicio Saravia y San Martín hasta el Mercado Modelo. “Llenamos el carro de fruta, y le dije a mi hermano: a partir de ahora no vamos a tener más hambre”.

Vivieron y crecieron en la casita del pasaje 308 de Los Palomares. El padre, 25 años mayor que su madre, pasó casi toda la infancia de los tres chicos internado en el Saint Bois a causa de la tuberculosis. La madre se fue un día y no volvió por años. Albana y sus dos hermanos se las arreglaron para sobrevivir solos. Y lo hicieron de ese modo, yendo al Mercado Modelo a buscar frutas, o recorriendo comedores cuando la escuela estaba cerrada por el receso estival. “Y bueno, así fue la infancia”, resume con sencillez.

La vida de las palabras.
Albana descubrió que quería ser maestra cuando le tocó repetir segundo año. El año anterior la maestra que la había reprobado dejó caer una frase que de algún modo la marcó para siempre. “A esta niña la cabeza no le da”. Y Albana descubrió que no sabía leer, así que comenzó a esforzarse. La maestra que tuvo al año siguiente le entregó todo el cariño y el cuidado que le permitió superarse.

“A veces los profesores en estos barrios tenemos que tener cuidado porque las palabras tienen vida. Las palabras que entran en tu vida te construyen o te destruyen, hay palabras que trancan una rueda y el carro no avanza, y hay palabras que empujan el carro”, reflexiona sin una gota de rencor con la maestra que la había subestimado.

Y lo que ocurrió a partir del momento en que descubrió que había aprendido a leer fue drástico. “La lectura me abrió un mundo inimaginable”, dice Albana, y más adelante agrega sin dudar: “La lectura me salvó la vida”.

Su capacidad lectora pronto demostró resultados superiores a los de sus compañeros. Las maestras y las directoras de escuela solían elegirla para que leyera los textos durante los actos escolares. Luego, los curas de la Gruta de Lourdes pasaron a tener un papel clave en la vida de Albana. Primero le concedieron una beca para que continuara sus estudios y así pudo terminar de cursar primaria y luego secundaria. Por fin se lanzó a estudiar magisterio en el Instituto María Auxiliadora. Cuando se recibió quiso dar clase en el mismo barrio donde había vivido todas sus penurias, en el Borro.

Regresó su madre, pero Albana se había convertido en el sostén de la casa. Trabajaba como maestra y podía pagar las cuentas. Su hermana, en cambio, no pudo correr la misma suerte ya que fue madre a los 17 años y ya no pudo salir de la pobreza crónica. “Y cuando hablo de pobreza crónica digo que mi hermana está luchando por recibir ayuda, tiene una hija que se ha metido en la droga”, cuenta Albana.

Su hermano, en cambio, logró encauzarse y trabaja en la construcción. Hizo una familia y vive con las dificultades propias de cualquier trabajador.

“Esto nos demuestra que la educación es la única que puede romper círculos de pobreza y marginación, no hay otra, es la educación”, comenta con absoluta convicción.

Luego de trabajar durante catorce años en la escuela del barrio, Albana dio un giro drástico a su vida. Leonardo, su esposo, era hijo de españoles y tenía a su padre muy mayor viviendo solo en Barcelona. Para seguir cobrando la jubilación no podía dejar el país, por lo que resolvieron irse a vivir con él a la capital catalana.

“Le dije a mi esposo: mira, tu padre no puede estar solo en España, su madre había muerto. Y él me dice: ¿pero estás segura? Sí, no pasa nada, vamos a ver cómo nos va por España, le respondí”, recuerda.

Eso fue en 2004, ya tenían su primer hijo, Emanuel que hoy tiene 21 y poco después nació Ismael, ahora de 14. Para asegurar ingresos, Albana comenzó a trabajar limpiando casas. Y en esas tareas estuvo durante dos años. Mientras tanto, estudiaba para revalidar su título de maestra.

Veía con optimismo la vida. Y, eso sí, siempre tenía la heladera llena. “Quizás es un problema de la gente que ha pasado mucha pobreza y privación, pensar en el hoy. Yo por ejemplo vas a mi casa y tengo la nevera llena, no puedo tener la heladera sin nada, aunque a veces se me vencen los yogures yo necesito ver comida, necesitas ver comida y eso es una cosa que la traes, cuando vives una situación de extrema pobreza”, reflexiona.

Finalmente, luego de prepararse en idioma inglés y en catalán dio el examen y consiguió validar su título de docente. Al poco tiempo obtuvo una plaza como maestra en el colegio Nostra Senyora de Montserrat, en Parets de Vallés, Barcelona. Primero fue una suplencia y al cabo de un año tenía trabajo efectivo. Hoy es la coordinadora de una pastoral del colegio y no para de recibir reconocimientos.

—Según tu experiencia, ¿cómo es tratar con niños de extrema agresividad?

—En esos años aún no tenía estos conocimientos que tengo ahora, lo que tenía, como le digo a mucha gente, es el sexto sentido desarrollado, el sentido común. Y una cosa que siempre ha recorrido mi vida es la idea de que nosotros no podemos atacar al otro, no se construyen sociedades destruyendo al otro, es más fácil construir de a dos que destruir lo que ya está hecho. A veces el niño viene con un comportamiento conflictivo, toma una silla, te grita, y si tú reproduces comportamientos que vienen de su medio y actúas de la misma manera como profesor y le gritas: Tú qué te has creído, sal de la clase, vete de aquí, primero que no eres un agente de cambio y segundo no logras nada. Entonces, si tú tomas una barra de hierro con otra barra de hierro y la golpeas, lo único que conseguirás es un ruido estridente que no sirve para nada. Una barra de hierro se amolda con calor, no hay otra, las personas nos transformamos por el amor y el cariño. Una persona que se siente bien tratada, se siente reconocida por el otro, estimada por el otro y el otro intentará ser lo mejor para esa persona.

Una fábula reveladora
Albana Sanz estuvo en Uruguay estos días porque participa de un programa dirigido a directores de escuela, financiado por la fundación ReachingU, con fondos de uruguayos residentes en el exterior. En sus clases Albana suele contar una pequeña fábula, sobre el bichito de luz y la serpiente. “Resulta que una serpiente perseguía a un bicho de luz y quería comerlo, y el bicho de luz dijo: no me vas a comer, voy a luchar para que no me comas —cuenta Albana—. Pero resulta que tanto insistió la serpiente que el bicho de luz se cansó, cuando estaba a punto de comerlo le dijo: Oye, ¿te puedo hacer tres preguntas? ¿Qué preguntas me quieres hacer?, dijo la serpiente. Generalmente no respondo a la gente que voy a comer, pero te daré la excepción, ¿qué quieres? Primero: ¿Formo parte de tu cadena alimenticia? No. ¿Te he hecho algo para que me quieras comer? No. ¿Y entonces, si no formo parte de tu cadena alimenticia, y no te hecho nada por qué me quieres comer? Porque no soporto tu luz. Y a veces en la vida no soportamos la luz del otro y tenemos que aprender a mirarnos a nosotros mismos y ver que también tenemos algo de nosotros que es bonito”, concluye la maestra con su habitual sonrisa.

SUS COSAS.
Lectora voraz. Fue algo así como su primer amor, la lectura. Desde pequeña Albana leía cuanta cosa caía en sus manos, un hábito que mantiene hasta el día de hoy. “Leo absolutamente de todo, además he desarrollado una lectura veloz”, cuenta. Libros, revistas, diarios nada escapa a sus ojos atentos.
​La playa. Apenas puede se escapa a la playa, una pasión que también trae desde niña. Pero ahora disfruta del Mediterráneo y suele veranear en la Costa Brava. “Es una belleza, los acantilados, y esa agua tan azul del Mediterráneo”, evoca Albana. Pero también guarda los mejores recuerdos de la costa uruguaya.
​El mate. Mantiene el hábito de tomar mate, son sus otros dos placeres: unos buenos mates y una buena charla con amigos. “Me gusta hablar con la gente en general, yo pienso que todos aportan algo, el tiempo que les dedicas a las personas no es tiempo perdido, es importante que estés con el otro”, reflexiona.


Ministerio del Interior mintió y sí direccionó elección de cámaras de la AUF


Fuente: El País

Comenta