Familia de comerciante asesinado en Salto se enfrenta a la fiscal del caso

Foto: Vicente Massarino

Los orificios de balas están por todas partes: entre los estantes de la pared, en el techo, en uno de los cubos de vidrios con caramelos en el mostrador, en el brazo derecho de Paula Rodríguez, que aún así sigue atendiendo. El comercio, ubicado en el barrio de Salto Nuevo, pertenecía a Néstor Enríquez de Mattos, esposo de Paula, padre de una familia de siete hijos, que falleció el viernes 25 a manos de un cliente habitual: eso dicen Paula y su hija Lucía, que también lo vio morir, justo allí, en el pequeño espacio que hay entre el mostrador y la puerta de la calle.




La familia está convencida de quién es el asesino, y así lo comunicó en una rueda de prensa que los hijos convocaron en la Plaza de los 33 Orientales de la ciudad de Salto este martes al atardecer. “Era comprador, mi padre muchas veces le había dado fiado al hombre y mi madre lo vio todo (…) ¿el hombre declaró que solamente vio (lo que pasó) y queda en la nada y lo sueltan?”, dijo Ana Karen, una de las más chicas de la familia.

Estaba vestida con el uniforme del liceo, e interrumpió a sus hermanos Federico y Néstor para hacerse oír. Los De Mattos también rechazaron de plano las versiones que definían a su padre como un narcotraficante – y el homicidio como un ajuste de cuentas – y anunciaron que tomarán medidas legales contra los responsables de difundir una versión, que tampoco es una hipótesis incluida en la investigación que lleva adelante la fiscal del caso, Mirna Busich.

Pero hasta allí llega el punto en común con Busich, porque la fiscal no dispuso la detención de ese hombre que los De Mattos identifican como el asesino, que entró vestido de gorro y bufanda pero con la cara descubierta: de las pruebas y testimonios que lleva recabados hasta el momento, dijo la fiscal a El Observador, no se desprenden elementos que lo comprometan. “Ese muchacho no tiene nada que ver, esa (versión) salió del barrio. Ya se presentó hoy mismo, él solo. El caso ya se va a aclarar”, agregó.



La familia pretende custodia policial, ya que quien considera el asesino de su padre “está en la calle”. De nuevo, haciéndose oír por entre sus hermanos, Ana Karen exclamó: “Camina en el barrio como si fuera uno de nosotros. La justicia no existe”.

La historia
El kiosco que De Mattos y Rodríguez pusieron en la calle Juan H. Paiva hace poco menos de un año no lleva nombre. Un cartel oxidado a la entrada tiene dibujada una flecha blanca y un letrero en mayúscula que dice que está abierto, aunque no lo parece: la puerta nunca más se abrió. Los clientes ahora son atendidos como en muchos comercios de Montevideo: detrás de las rejas.

Lucía cuenta que su padre era bagayero –contrabandista, una práctica muy común en Salto– y que estuvo en prisión tres veces por ese motivo. “Fue preso por darnos de comer a nosotros”, dice.
Luego trabajaron en una chacra, pero “no dio para más”, y se instalaron aquí, sigue contando ahora Paula, que solo se quiebra cuando lamenta que las redes sociales señalen a su marido como un narco, y no como un trabajador de toda la vida, como lo define ella.




Pero su voz no titubea para contar los detalles. La frase que el asaltante pronunció fue la de siempre: “Dame toda la plata”. De Mattos le dio el dinero, pero el delincuente quería más y en reclamo comenzó a disparar para todos lados, mostrando que su arma no era de juguete, como había gritado De Mattos a Paula y su hija para tranquilizarlas. Uno de esos tiros dio en el brazo de Paula, antes de que De Mattos terminara acostado en el suelo, al fracasar en el forcejeo con el atacante. El homicida, conocido o no por la familia, pero prófugo de la Justicia, no escatimó en crueldad: “A mí no me vas a matar, desgraciado”, le dijo a De Mattos, y lo remató de un disparo en la espalda. “Mi marido se levantó, dio dos pasos y quedó allí tirado: ‘Me dieron en el pulmón’, gritó”. Paula señala el piso con rabia.

“Ahora vivimos con miedo”, dice Lucía, como si hicieran falta las palabras. Según contaron, se encuentran desprotegidos al sentirse a merced del homicida –que insisten, ven a diario en el barrio– y pidieron custodia policial, pero fue negada. Busich aseguró que la Fiscalía no tiene registro de esa solicitud, pero que en todo caso “no hay pruebas que exista riesgo” para la familia.




Desde Montevideo, la Unidad de Víctimas y Testigos de la Fiscalía se puso en contacto esta tarde, para ofrecer el acompañamiento habitual, informarles de primera mano el avance de las investigaciones y uno de los servicios más importantes:,atención psicológica. “Obviamente que la necesitamos”, dice Lucía. Al fondo, un nieto de De Mattos llora desconsolado.

Fuente: El Observador

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