El Frente Amplio ante su lápida ética

Frente Amplio

Por Rodrigo Lupinacci

Rodrigo Lupinacci
Trabajador independiente. Estudiante de Historia en el Instituto de Profesores Artigas. Miembro de la agrupación política Avanza País. Batllista: republicano y demócrata radical. Fundador del blog de reflexión política republicanosuy.blogspot.com

Días tristes para la República

Personalmente esta columna que escribo significa el epitafio para un sueño, el proyecto sincero, transformador, que significó para tantas generaciones de izquierda en nuestro país el partido político hoy denominado Frente Amplio (FA).

Por lo que a mí respecta, ese proyecto fracasó irreversiblemente. No me alegra llegar a las conclusiones que voy a expresar en esta columna, más bien todo lo contrario. Durante los últimos años -siempre hablando desde mi lugar- el malestar frente a lo indefendible y lo criticable, mutó en rabia y rebeldía hecha crítica ácida y acérrima… ahora ese ímpetu da paso a la tristeza, la decepción. Hoy el desacuerdo crítico se transformó en resignada aceptación de una realidad dolorosa y contundente como un bloque de hormigón inerte, que es lo más parecido al actual FA.

El Frente Amplio de Seregni, Zelmar, Roballo, Chifflet, y un largo etc; ya no existe. No es que esté dañado, venido a menos, corrompido… no, simplemente murió, dejando su lugar a otra cosa: al un partido del maquillaje progre, maniobrero, de influencia cada vez más peronista, mercenario. Hay muchos hechos significativos de este final episódico: el caso Pluna, la bancarrota de ANCAP, el ruinoso y leonino contrato UPM2-Uruguay, el proceso de bancarización obligatoria con la pérdida de soberanía y libertad que implica la financiarización de la economía, la tragedia socio-ambiental del modelo productivo primarizado y anti-ecológico de nuestro agro, una brecha social que nos conduce rumbo a la condición de Estado fallido, una seguridad pública que condice con eso, etc. El Frente Amplio ya había demostrado su fracaso en todos esos aspectos, pero esta semana ese deterioro fue más allá, y rompió con la línea de flotación básica que le dio identidad y sentido a una construcción política histórica.

En las últimas semanas el FA evidenció no sólo la traición a una de las banderas más sagradas que aún mantenía como lo es la lucha por la Verdad y la Justicia de los crímenes cometidos en por la deriva autoritaria de los 70 y la dictadura, sino que también decidió valerse de esa bandera traicionada para zafar del escarnio público, manipulando los hechos en la más eminente operación de posverdad vista en los últimos años en nuestro país.

Gracias al periodista Leonardo Haberkon se supo que en las actas del Tribunal de Honor que juzgó a Gavazzo, Maurente y Silveira, existían declaraciones de estos últimos en las que se reconocían crímenes hasta ahora negados, por la mentira o el silencio. Además, el Tribunal sentenciaba que el silencio de Gavazzo frente al procesamiento de otro militar por crímenes que él sabía no había cometido, afectaban su honor propio, y el del Ejército. Nada sobre el honor se dijo sobre los crímenes mismos… Esas actas fueron entregadas al entonces Ministro de Defensa, Jorge Menéndez, y éste las elevó a Presidencia con el oportuno informe del caso, y la recomendación de hacer las denuncias correspondientes. Presidencia, sin embargo, calló y homologó esas actas (es decir, las dio por buenas: “anótese, comuníquese, notifíquese y archívese”).

Apenas unas semanas antes de eso, el presidente de la República había cesado al comandante del Ejército Guido Manini Ríos, aludiendo a los cuestionamientos de éste al accionar del Poder Judicial al procesar a retirados militares por delitos de violación a los DDHH, manifestados por escrito en el informe anexo a las actas del Tribunal de Honor. El general José González, miembro de ese Tribunal de Honor, fue nombrado sucesor de Manini en el cargo de comandante del Ejército. Es decir, el Presidente de la República cesaba a Manini por cuestionar a la Justicia, pero nombró en el cargo para sucederlo a uno de los integrantes del Tribunal de Honor para el cual los crímenes de lesa humanidad no significan una deshonra para las FFAA. A su vez, ninguna denuncia en la Justicia -ni pública- se hizo sobre el contenido de las actas.

Pero la olla se destapó. Haberkorn publicó el contenido de las actas a las que accedió, y evidenció la omisión de Presidencia. Vázquez, ante la evidencia de estar en un callejón sin salida donde todas las miras podían estar en su (falta de)accionar, pateó el tablero y destituyó de un plumazo a la plana mayor del Ejército (que habían formado parte del Tribunal de Honor), y al Ministro y sub-secretario de Defensa. Quiso representar un acto de autoridad institucional para con un Ejército rebelde y negacionista. “Llegó el presidente y mandó parar”, se jactaban con orgullo impostado e interesado connotados miembros del oficialismo. La farsa sin embargo era demasiado obvia, rompía los ojos el torpe intento de quitarse culpas y pasar a faena a chivos expiatorios.

El desconcierto general dejó paso a los murmullos de quienes ataban cabos y llegaban a las mismas conclusiones: el Presidente sabía lo que decían esas actas, y lo ocultó. Un intercambio telefónico luego transcrito en nota periodística entre entrevistador y secretario de presidencia, Miguel Ángel Toma, dejaba en evidencia esto último. El secretario reconoció entre titubeos que sí recibió el expediente, pero cargó las culpas en el Ministro de Defensa. Al presidente Vázquez no le quedó más remedio que “reconocer” que había homologado las actas sin leerlas ni conocer su contenido. Algún legislador oficialista con más tino apuntó al impostergable cese del secretario Toma, cosa que aún no sucedió a día de hoy.

Rápidamente el oficialismo organizado comenzó una campaña coordinada para elaborar su versión de lo ocurrido. Algunas cosas eran previsibles, otras surrealistas, y la mayoría deshonrosas y vergonzantes: que el Presidente no sabía, que tomó decisiones heroicas al enfrentarse a la plana mayor del Ejército, se convocó a una marcha por la democracia y en respaldo a lo hecho por el presidente de la República, se hizo permanente hincapié en el componente militar de esta trama de encubrimiento (omitiendo toda responsabilidad del Presidente), y ya rayando lo ridículo en materia de cinismo se sugirió que la filtración del contenido de las actas eran parte de una maniobra de inteligencia militar para dañar al compañero Vázquez. Como punto culmine -y personalmente creo que más indigno- el Frente Amplio publicó en su cuenta oficial, y fue replicado por miles de militantes, una imagen que decía “Ninguna historia de un expediente es más importante que la historia de un crimen de lesa humanidad”. Faltan las palabras para describir el desagrado que me provocó semejante razonamiento maniqueo y obscenamente dirigido a cuidar los intereses propios, electorales, sacrificando en el proceso hasta el más pequeño resabio de ética o sentido de la justicia que podía quedar.

Este episodio bochornoso, que quedará en la peor historia del FA -según creo, un punto de quiebre en lo que era un proyecto político rehabilitable, a admitir hoy que es una causa perdida- significa la materialización de lo que era hasta ahora una sospecha muy bien fundamentada. La manipulación de la realidad, y aún de las causas más nobles como la de los Derechos Humanos o la búsqueda de Verdad y Justicia, hoy para el Frente Amplio no le significan ni un mínimo de pudor. El continuar en el gobierno, el defender la propia trinchera electoral (no ideas, menos valores), es hoy razón de Partido. La existencia y permanencia en posiciones de poder es lo único que importa. Y para lograr eso ya se han sacrificado principios, banderas, tradiciones y ahora también la más elemental ética humanista. Todo es igual, nada es mejor, si de prevalecer se trata.

Ayer por la noche fallecía el ex-ministro Jorge Menéndez, quien estaba padeciendo una grave enfermedad terminal, además de ser víctima del manotón de ahogado de un Poder Ejecutivo y un partido que, hoy podemos afirmar, son cómplices de la impunidad. Antes de morir publicó una carta rechazando la versión de Vázquez y Toma, en la que estos adujeron falta de notificación sobre lo que contenían esas actas. La familia de Menéndez rechazó las honras fúnebres que se habían decretado desde Presidencia. Un acto de rebeldía ético particular, de amor propio, frente a la impudicia institucionalizada. Un acto de protesta en el momento más amargo contra la mentira de un gobierno y un partido. Es el epílogo de la última de las causas impolutas que le quedaba al FA, a su identidad y relato.

Días tristes para la República.

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