American Vandal, la serie que entendió todo

American Vandal
Crónica de una tarde enfermo

Por Camilo Salvetti Curbelo

Camilo Salvesti
Oriundo de Paysandú que hace unos años vino a perderse en la ciudad y a estudiar periodismo. Cinéfilo y lector, fanático de Los Simpson y muchas veces lengua larga. Escribir es lo que me salva. Sígueme en Twitter

Tenía un ojo abierto y otro cerrado, con la ropa pegada al cuerpo luego de una noche de fiebre. Despatarrado en la cama podía observar con mi ojo sano los rayos de la mañana que se metían impunemente por debajo de la persiana. De a poco, comencé a despegar mis párpados y tratar de ver con un globo ocular hinchado, inyectado en sangre y lloroso. No entendía que podía haber pasado, en seis horas mi ojo izquierdo quedó como si un jab de Mike Tyson hubiera impactado contra él.

Lo primero que hice fue refregarme con los dedos. Mala idea. El ojo empeoró y decidí levantarme. «Tenés un orzuelo» me dijo mi novia, con una taza de té en la mano y su alumno particular mirándome con cara de asco. «No creo» repliqué, «un orzuelo no se ve así, capaz es conjuntivitis». Al momento me di cuenta de lo estúpido que sonó eso, ¿conjuntivitis en un sólo ojo?

Me miré un rato al espejo mientras desde el escritorio se escuchaba a mi novia hablar en inglés. Mi gato maulló desde la cocina para indicarme que tenía hambre, o lo más parecido al hambre que puede tener un gato que come todo el día. Me encerré en mi cuarto a esperar que terminara su clase y me dispuse a llamar un médico. «Vas a tener que quedarte en tu casa todo el día si querés un médico de radio, no sabés cuando puede pasar» me dijo la telefonista con voz nasal. Acepté, prefería quedarme en mi casa todo el día que ir a la emergencia a escuchar niños llorando, ver gente de mal humor y tobillos hinchados. Además, no tendría que ir al trabajo ese día.

«Hola, ¿cómo andás? Mirá, me levanté con el ojo muy mal, no se si es contagioso o no. Llamé a un médico para que venga pero tengo que esperar todo el día, así hoy no voy a ir y el lunes estoy ahí con el comprobante.»

Obviamente nadie puede negarse a un ojo maltrecho, más cuando no se sabe si es contagioso o no. Así que me dispuse a tener un viernes sólo en casa. Bueno, solos mi gato, mi novia, su alumno y yo.

Sobre el mediodía el alumno se fue y nos sentamos a comer. Como ella no trabaja los viernes de tarde, podíamos dedicarnos a realizar una de nuestras actividades favoritas. No, eso no, mi ojo me tenía bastante mal. Me refería a mirar una serie.

Entramos a Netflix dudando si seguir la serie que veíamos juntos, Gotham. La aparición de un doble del protagonista de la manera más inverosímil posible en el final de temporada nos había sacado del partido. Se entiende que es un cómic llevado a la pantalla, ¿pero un doble exacto de Jim Gordon?

En fin, no tuvimos tiempo de discutir que podíamos ver cuando nos atrapó el anuncio de una nueva temporada de American Vandal ya disponible. La serie de los pitos como la llaman despectivamente quienes no la vieron y no saben de lo que se pierden.

Ahogué un grito, miré a mi novia y con un cruce de miradas supimos que no íbamos a salir del apartamento hasta no ver toda esa nueva temporada, una razón más para quererla tanto.

Contrario a lo que se podría esperar, la nueva temporada de American Vandal no muere a la sombra de su predecesora, sino que la usa como trampolín para llegar aún más alto y alcanzar un nivel superlativo en cuanto a ritmo narrativo, historia e ingenio.

El ritmo que lleva este falso documental a lo largo de los 8 episodios es trepidante, cada uno termina con un cliffhanger que te deja deseando más y no te permite cancelar la cuenta regresiva a la que te somete Netflix antes de la siguiente dosis.

Los únicos que repiten de la primer temporada son los «documentalistas», Peter (Tyler Álvarez) y Sam (Griffin Gluck), que luego del éxito que tuvieron con su investigación para absolver a Dylan Maxwell de haber grafiteado penes en los autos de los profesores -hay un metachiste muy bueno con que Netflix les compró los derechos-, son contactados por una alumna de un colegio privado para resolver el misterio del Turd Burglar, que podría traducirse como «El Sorete Vengador» o algo así. Es más, de aquí en adelante lo vamos a llamar El Sorete.

Así como en la primer temporada la pregunta era «¿quién pintó los penes?», en esta el interrogante es «¿quién es El Sorete?», un vándalo que envenenó con laxantes la limonada de una prestigiosa escuela y provocó que todos sus alumnos se defecaran encima sin poder evitarlo, para luego anunciar por Instagram que volvería a atacar -de hecho pueden seguirlo en la vida real en @theturdburglar-.

Lo que tiene esta nueva temporada es que lo escatológico y asqueroso queda un segundo plano y se concentra en las intrincadas relaciones de poder que existen entre los adolescentes. American Vandal no es sólo una serie sobre penes y mierda, es una serie que parte de una premisa ridícula pero que se la toma en serio. Sí, claro, parte de un «crimen» que involucra a un montón de alumnos cagándose encima, pero no se queda en eso. Un ejemplo de lo bien construida que está la trama es la historia que hay detrás de una de las acusaciones, que termina en la expulsión de un alumno.

Entiende perfectamente cómo se manejan los jóvenes y adultos en internet, el reflejo de perfección que buscan ser las redes sociales y las mentes frágiles con bajo autoestima que se pueden esconder tras ellas, mentes que son carnada perfecta para gente como El Sorete y los conocidos catfish, perfiles falsos que persiguen determinados fines mediante la extorsión por internet y ante las que los adolescentes son la población más vulnerable, como se puede observar en la serie.

Junto al profundo entendimiento que muestran los guionistas de todo el mundo de internet, está la crítica al sistema educativo yankee, a las famosas becas deportivas y al elitismo que se respira en ese tipo de escuelas privadas, características que se ven reflejadas en uno de los sospechosos: DeMarcus, un joven del guetto que por ser bueno en el básquetbol entró a un colegio privado y se encontró viviendo entre dos mundos, con todos los conflictos internos que eso le conlleva.

Tampoco nos olvidemos que este es un falso documental, que pretende ser una parodia de docuseries sobre crímenes como Making A Murderer, formato que imita muy bien hasta el punto de hacernos creer que es real, y que un vándalo anónimo provocó una diarrea masiva.

Todo esto American Vandal lo logra a la vez que planta pistas y detalles que parecen no llevar a nada, pero que a la larga cumplen un rol esencial en la búsqueda de El Sorete y nos tiran todas las teorías al water.

Miré la nueva temporada en las doce horas que esperé al médico. Si bien no apareció y tuve que ir un sábado a la emergencia a que me vean el ojo y bancarme los llantos, el mal humor y los tobillos, lo que verdaderamente me molestó fue que no existan más series como American Vandal.

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