¿A quién le corresponde la seguridad del país?

Aunque parezca una pregunta obvia, ya verán que no lo es.

 

En los últimos meses, la sociedad viene recibiendo noticias a diario de robos, hurtos, homicidios, secuestros y varias actividades delictivas. Las mismas parecen haber dejado de ser hechos aislados para convertirse en una costumbre.

 

Antes nos horrorizaba cuando conocíamos la noticia sobre un crimen, ahora, nos despertamos preguntando al de al lado, ¿A cuantos han matado ayer?

 

Hace unos meses, se nos decía que la delincuencia había bajado y que Uruguay era el país más seguro de América. Mientras tanto, a día de hoy, el jefe de policía nos dice que lo que está sucediendo hoy se veía venir y que el problema no es a donde hemos llegado, el problema es hacia donde vamos.

 

Los funcionarios policiales no dan abasto, se ven superados, confusos a la hora de actuar. Situación que en muchos casos entendemos ya que su vida, trabajo y seguridad de su propia familia está en juego en cada intervención.

Cansados de ingresar por una puerta a delincuentes y ver como salen por otra, sin siquiera contemplarse la cantidad de insultos y amenazas que el propio funcionario policial ha recibido por el detenido.

Si por las formas o accionares propios de una detención problemática o resistida, el detenido llegara a presentar lesiones, entonces a la pronta salida del detenido, se le puede sumar una investigación en contra del funcionario por agresiones, llegando a causar el cese del policía, afectando directamente a la economía de su hogar, como si lo que percibieran de sueldo pudiera soportar aún más recortes.

 

La sociedad se encuentra en un punto medio, algunos se encierran mientras otros explotan en cólera, rabia y reaccionan ante la presencia de un delito.

Entre los que se encierran, se encentran miles de uruguayos que encuentran desahogo en las redes sociales, único medio donde pueden expresarse sin miedo a ser señalados. Parecieran buscar soluciones en un entorno virtual, aumentan y desatan la bronca que contienen en el día a día. Utilizan las redes para manifestar su descontento, sus miedos, bronca e impotencia.

Otros en cambio, viven encerrados en su mundo, en su realidad, sin empatizar siquiera con el dolor de su vecino, mucho menos con alguien que solo conoce por las noticias. Este tipo de personas, solo creen en su realidad y menosprecian la del vecino que piensa diferente y reclama soluciones, aunque sea por las redes. Pero estas mismas redes son las que sirven de plataforma para discutir sobre cada  caso. Antes eran hechos aislados, ahora son hechos que se utilizan para hacer política.

 

Entonces nosotros nos preguntamos:

Acaso la seguridad de un país no está a cargo de los gobernantes que democrática mente fueron elegidos en las urnas para llevar el país, sus leyes, sus organismos durante un período  lectivo? Acaso no son los políticos, sus partidos y sus representantes los que tienen la obligación y deber de legislar en favor de una sociedad sana, productiva y estable?



Por otra parte tenemos al ciudadano cansado, ese que ya ha  perdido la razón y las composturas ante la inacción de políticos y ciudadanos encerrados. Ese mismo ciudadano que cuando lo van a robar a su negocio, repele el robo con un arma, se escuchan tiros…… Y ya no importa quien muere, es una vida menos.

Por las redes se desatan todo tipo de discusiones y reacciones. Alientan al comerciante y lo llaman de héroe por hacer frente al delincuente. A veces el comerciante logra salvar el dinero de su negocio, en otras veces pierde hasta la vida. Y ya conocemos casos que inocentes pierden la vida a manos de comerciantes que repelen el robo.

Pero lo más complicado resulta cuando el comerciante actúa sumiso ante el atacante, esperando su perdón quien sabe por que? A veces ese perdón llega y solo se van con el dinero, otras veces no y se llevan también la vida de un/a inocente.

 

Que en toda sociedad hay gente enferma, de eso no tenemos dudas. Pero ¿cómo tiene que actuar el ciudadano común ante una mente enferma? ¿Cómo actúa la sociedad en grupo ante hechos delictivos o de violencia?

En el día de ayer conocimos la historia del joven que perdió la vida por salir en defensa de una mujer y su hija. ¿Era necesario que un inocente perdiera la vida? ¿Actuó bien o mal? Sinceramente, la verdad que todas las respuestas a esas dos preguntas no importan para nada, porque lo único cierto es que otro “Héroe” más  se ha marchado, otra familia destruida.

 

Entonces, que  ha pasado? Pudo haberse evitado ese fatal desenlace? Pues si, claro que pudo haberse evitado, en un alto grado de porcentaje este muchacho no habría encontrado la muerte en ese omnibus. Pero para eso hacen falta que muchos factores y costumbres se encuentren instalados en una sociedad, en un actuar en conjunto de la misma, en una educación de la población y por supuesto en una total confianza en los procedimientos establecidos por el estado.



Pero no hay que confundir. No es el pueblo el que tiene que educar al estado, es al revés. No es el pueblo el que le regala la confianza al estado, es el estado el que se gana día a día la confianza del pueblo y no solo cada vez que se vota.

Si alguno de estos factores como: educación individual, en grupo, confianza en el accionar y celeridad de las fuerzas públicas, confianza en las consecuencias estipuladas a hechos delictivos o de violencia, confianza en las leyes y el cumplimiento de las mismas, fallara, entonces todo falla, entonces pasa lo de ayer, entonces surgen los héroes que se lanzan a la deriva a solucionar una situación de violencia por su cuenta, dejando en ella la vida.

Al día siguiente, miles de mensajes de solidaridad con la familia del joven, miles de apoyo a su accionar, miles de reacciones contra el accionar del estado y miles de reacciones minimizando el hecho y buscando soluciones solamente en la educación personal de cada ser.

 

Pues no, desde aquí queremos decir que no. No se puede echar la responsabilidad a una persona que terminó actuando sola para frenar un acto de violencia, cuando todos como sociedad hemos fallado. Cuando la seguridad y sus métodos preventivos vienen fallando día a día, cuando los políticos nos dicen que “Vamos bien”, cuando el de al lado, mira para otro lado. Ha fallado todo. Primero los políticos y luego la gente, todos tenemos culpas, pero no se puede tolerar que sigan sacando el c… a la jeringa de la seguridad.

 

La gente de bien está cansada, la gente de bien se está encerrando, la gente de bien se está desequilibrando y actuando por impulsos, la gente de bien y los que por una u otra razón han decidido delinquir están perdiendo la vida, se están matando, sin miramientos, sin contemplación, (te robo, te mato), (me robas, te mato).  Este no es el camino.



Entonces.

¿A quién le corresponde la seguridad del país?

 

En primer lugar le corresponde a los políticos legislar para lograr la confianza del pueblo, la confianza en las fuerzas del orden público para que puedan proceder dentro de parámetros normales con cada intervención, sin miedo a perder su trabajo o terminar preso, las leyes para garantizar el cumplimiento de las penas, los programas de educación, tanto en zonas conflictivas estableciendo pautas, recursos y vías de salida para una digna inserción en una sociedad de bien y de provecho, como también en la población en general para saber como actuar en diferentes circunstancias inevitables, minimizando riesgos. Pero no se puede solo querer educar a la población en general sin un plan para reducir la delincuencia, esto último provoca el cansancio y aumento de responsabilidades de una sociedad que soporta a base de impuestos un sistema que solo impulsa programas para reeducarlos a ellos mismos en lugar de garantizar o promover acciones de prevención en materia de seguridad.

En segundo lugar la población tiene que hacer un punto y aparte. Comenzar desde lo individual a lo colectivo a involucrarse más en las soluciones y no esperar que los demás hagan algo en beneficio de todos. Si cada uno espera por el otro, todos nos quedaremos quieto mientras la delincuencia avanza. Pensar que la seguridad es lo primero y el sentido común ante cada situación tiene que ser el eje en todo conflicto, siempre pensando en preservar la vida, tanto la propia como la del vecino. Sumar en sentido común y no en violencia.

Basta ya de peleas por las redes, peleas sin sentido, unos fomentadas por la impotencia y dolor y otros generadas porque parece que no se puede contar lo que está sucediendo. Como si el problema fuera contarlo y no los hechos. Cómo si los políticos no tuvieran nada de culpa, como si la gente no tuviera nada de culpa también.

La culpa es de los político, de la gente de bien y de la que no actúa bien, la culpa es de todos y las soluciones tienen que involucrarnos a todos, pero los primeros pasos para reconducir esta situación que se vive hoy por hoy, tienen que ser dados por los gobernantes, nuestros representantes democrática mente elegidos en las urnas.

 

Estamos quietos, estancados en discusiones del pasado sin ver el presente. Estamos quietos, mientras la violencia avanza.

 

 

Por: Héctor Daniel Tedesco.

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